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Esperanza Rivera: Me enorgullece contribuir con mi trabajo a la memoria de Chile

La cineasta lleva 20 años viviendo en Alemania. Llegó a ese país a los 15 años, junto a su familia, con nacionalidad chileno - alemana, y desde entonces ha construido una identidad propia entre ambas culturas. Hoy nos habla de su trabajo documental y del diálogo que realiza con la memoria, justicia y pertenencia. En esta entrevista, reflexiona sobre la migración, los estereotipos y el proceso creativo detrás de su obra Vivi,I’m alive, un retrato íntimo sobre adopciones irregulares en Chile.

¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Alemania y qué te llevó a ese país?
El año pasado (2025) cumplí 20 años en Alemania. Migré junto con mi familia a los 15 años buscando mejores oportunidades y con la gran ventaja de tener la nacionalidad alemana además de la chilena. No fue directamente mi decisión, pero ayudó mucho haber vivido la experiencia migratoria en compañía de mis hermanos/as y mis padres. Luego tuve mis propias experiencias al irme a estudiar a Salzburgo, Austria, y luego a un intercambio a Italia. Ambas me hicieron una persona mucho más autónoma, más abierta y más curiosa sobre otras personas y culturas.

¿Extrañas algo de Chile?
Extraño mucho el océano, el sonido de las olas y los inviernos templados de Viña del Mar, ¡creo que nunca me acostumbraré al frío del invierno de aquí! Obviamente también extraño la comida típica y no tener que deletrear mi nombre.

¿Qué significa para ti ser chilena viviendo en Europa, y cómo dialoga esa identidad con tu trabajo creativo y documental?
Durante estos últimos veinte años, he podido observar que la mayoría de la gente necesita tener “cajas” para clasificar a otras personas. Esto es un fenómeno inconsciente y muy normal en nuestro cerebro, y necesario para clasificar y crear orden en la complejidad de nuestro mundo, pero muchas veces las cajas son demasiado simplificadas y se basan en estereotipos, prejuicios y falsa información que hemos absorbido.

En mis primeros años en Alemania fui la niña migrante y rara que no hablaba bien alemán y no se ubicaba bien en la cultura. Sin embargo, con el tiempo, aprendí el idioma a nivel nativo y navego en la cultura alemana con mucha seguridad. Hoy en día, en el momento en que me presento a alguien nuevo, me tratan como a una alemana y me conversan normalmente, hasta que les digo mi nombre. En ese momento, inmediatamente aparece la “caja” que tienen para mí. De ahí en adelante soy “la chica latina exótica”, tengo que escucharles decir “una ceg-vet-sa pog fa-voh”, ¡“ayayay!” y/o verles mover las caderas imitando a Shakira. Los temas serios se acaban en muchas de estas ocasiones y sólo queda espacio para historias de sus viajes a Sudamérica. Esto es agotador y muy dañino, ya que salir de esa caja, hacer que vean quién realmente soy y que me traten en serio es casi imposible, lo cual sobre todo en un contexto laboral ha sido muy doloroso.

Al mismo tiempo, estas experiencias me han ayudado a consolidar mi identidad: no chilena, no alemana, sino que YO: con elementos de ambas culturas, pero también con nuevos elementos y creencias propias. Por otra parte, los intentos de los demás de clasificarme me han dotado de una sensibilidad que me permite cuestionar mis propios estereotipos internos, sobre todo en mi trabajo creativo, y me hacen ver a otras personas por lo que son y no por lo que parecen ser. Esto me ayudó mucho durante la realización de “Vivi, I’m alive”, ya que mi intención era crear un retrato auténtico de mi protagonista, Vivi, más allá de las cajas que definen las expectativas de su apariencia o su historia familiar. Vivi es una “mujer mapuche”, una “persona adoptada”, “chilena”, “sueca”, “víctima de tráfico de infancias”, pero también mucho más que todo eso, y ella tiene un gran deseo de ser vista más allá de esas “cajas”, al igual que yo, lo cual me permitió conocerla más profundamente y retratarla desde una perspectiva más humana y abierta. Cuando aceptamos la complejidad de cada persona y nos resistimos a la urgencia de clasificarlas en “cajas”, ganamos mucha más tolerancia y humanidad.

¿Qué te motivó a contar la historia de una chilena adoptada irregularmente por una familia sueca hace 50 años?
En 2020 leí un artículo en un diario chileno acerca de los niños robados durante la dictadura. Era la primera vez que escuchaba sobre este tema, lo cual me sorprendió mucho, ya que yo nací y crecí en Chile y, en general, me he informado mucho sobre los crímenes durante esa época. El tema me cautivó y así empecé a hablar con familiares mayores. Muchos de ellos, sobre todo mujeres, comenzaron a mencionar de pronto amigas o vecinas cuyos hijos supuestamente nacieron muertos, pero cuyos cuerpos no habían podido ver, y un cierto consenso de que algo había ocurrido, de lo cual no se habla abiertamente.

Me pregunté, ¿por qué nadie en Chile o en Europa está hablando de esto tantos años después? Me enteré de que sigue siendo un gran tabú. Así fue como se me ocurrió la idea de hacer un documental para contar la historia de una de estas hijas e hijos y darles voz. Justo en los cuatro años en los que estuve trabajando en el documental, la situación cambió mucho y el tema finalmente ha salido a la luz: cada vez hay más artículos sobre las adopciones irregulares en los diarios chilenos y europeos; se han hecho reportajes investigativos y las demandas por justicia han llegado al Gobierno. Es así que me alegro mucho de haber contribuido con mi granito de arena a dar visibilidad a la historia de una de las víctimas.

¿Cómo fue el proceso de investigación y documentación del caso?
En primer lugar, leí las investigaciones y los artículos que existían en ese tiempo sobre el tema para tener la mayor cantidad de datos, fechas y comprender mejor el modus operandi de este plan en dictadura. Luego, me puse en contacto con Hijos y Madres del Silencio, una organización chilena que, de forma voluntaria, ha ayudado a cientos de madres a encontrar a sus hijos e hijas. A través de ella me puse en contacto con la activista María Diemar, quien, a su vez, contactó en mi nombre a varias personas adoptadas en Suecia que pudieran estar interesadas en participar en el documental. Hablé con ellas y conocí sus historias personales, muchas de las cuales eran desgarradoras. Una de estas personas fue Vivi Luisa Charlotta Haggren, quien vive en Estocolmo y es presuntamente la primera niña traída a Suecia de forma irregular. Además de su historia personal, que me conmovió mucho, me interesó el rol de su padre adoptivo, quien estuvo dispuesto a compartir los detalles de la adopción de Vivi para el documental y a reflexionar junto con ella acerca de su implicación inconsciente en estos crímenes a la infancia. Durante el rodaje con Vivi, me conmovió mucho su confianza, su honestidad y su incansable determinación por encontrar sus raíces. Ahora puedo decir que se ha convertido en una amiga cercana y que este proyecto se ha vuelto algo increíblemente personal. 

¿Qué decisiones narrativas fueron clave para tratar un tema tan sensible?
Lo más importante para mí fue darle a Vivi la autoridad interpretativa sobre su propia historia y priorizar su bienestar por sobre el documental. Mi intención fue que tuviese un espacio de confianza para contar lo que ella decidiese contar, sin interpretaciones o presiones de mi parte y que sintiese que la película le pertenece a ella de igual forma. Los lugares donde rodamos son todos parte de su vida y conversados previamente con ella y creo que fue esa transparencia y confianza por ambos lados lo que me permitió mostrar la esencia de Vivi en todos sus matices. Es por eso que el documental es narrado completamente por ella misma y acompañada por su padre, la persona más cercana de su vida. Esto corresponde con el deseo de tantas víctimas de salir del silencio y que sus voces sean escuchadas.


¿Cuáles fueron los principales desafíos éticos y emocionales que enfrentaste durante la realización del documental?
Uno de los desafíos al principio fue mantener una cierta distancia profesional con la historia de Vivi, al mismo tiempo que sentía una gran empatía con las circunstancias de su adopción y las horribles experiencias que vivió en su niñez. Es así que intenté buscar un equilibrio entre hacerle preguntas relevantes y directo al grano para el documental, sobre todo en el corto tiempo que duró el rodaje (tres días), y al mismo tiempo garantizar su bienestar y no causarle daño al despertar recuerdos o emociones demasiado dolorosos para ella.

Durante la realización del documental pude también conocer al papá adoptivo de Vivi, quien en ese momento ya estaba muy frágil de salud y lamentablemente falleció en 2025. El desafío fue, a pesar de su estado de salud y de la simpatía que irradiaba, hacerle preguntas incómodas para entender el pasado, ya que él y su esposa fueron de alguna forma parte de la transacción irregular de Vivi, aunque en ese momento ellos ignoraban las circunstancias. Sólo así fue posible enterarnos de su rabia e impotencia hacia la presunta persona responsable del tráfico de niñas y niños a Suecia, pero también rabia consigo mismo por su ingenuidad y por no haber hecho más preguntas en su momento (aunque la adopción fuese hecha a través de una organización oficial del Gobierno, lo cual creó una falsa confianza). Pero también que ese remordimiento y dolor coexisten con una inmensa gratitud de haber tenido a Vivi como hija y el orgullo de haberla visto crecer. Estos sentimientos y circunstancias supuestamente contradictorios son parte de la vida humana y aceptarlos, así como son, es el desafío más grande, no sólo para mí como directora, sino también para el público.

¿Qué rol crees que cumple el documental como herramienta de memoria, verdad y reparación?

En primera instancia, “Vivi, I’m alive” ha sido proyectada a partir de su estreno en febrero de 2025 en Estocolmo (en cooperación con Amnistía Internacional), en Madrid y en Barcelona y a través de estas proyecciones la historia de Vivi ha llegado a muchas personas que no nos hubiésemos imaginado antes, las cuales por su parte han ayudado a difundirla con otras personas. Lo que más necesita Vivi en este momento es que su voz se amplíe para que en algún momento llegue a su familia biológica y por fin pueda reencontrarse con quien la perdió hace más de 50 años. Esta película es su propio altavoz y le permite entrar en diálogo directamente con personas interesadas y responder directamente a las preguntas de éstas.

Al mismo tiempo, es necesario que Vivi y otras miles de víctimas, tanto madres como hijas e hijos, reciban la justicia y las reparaciones que se merecen. Al día de hoy los y las culpables de estos crímenes aún no se han hecho responsables y los procesos judiciales avanzan lentamente. Además, el Estado tiene la responsabilidad de apoyar la búsqueda de las madres, hijas e hijos, quienes hoy en día no tienen otra opción que costear de su propio bolsillo numerosos test de ADN de empresas privadas provenientes de EEUU, las cuales no siempre son transparentes con el uso de estos datos extremadamente sensibles. Mi documental muestra lo engorroso y lento de estos procedimientos y deja claro que el tiempo corre en contra de Vivi y otras personas, si es que todavía quieren conocer a sus familiares en persona. El fallecimiento del papá adoptivo de Vivi nos recuerda esta urgencia.

El año pasado tuve la oportunidad de donar el documental a los archivos del Museo de la Memoria en Santiago y así contribuir a que no sólo la historia de Vivi, sino que la de todas las otras víctimas, no quede en el olvido y que las próximas generaciones aprendan de nuestro pasado. Personalmente me enorgullece mucho contribuir con mi trabajo a la memoria de Chile, incluyendo la historia del pueblo Mapuche, al cual Vivi probablemente pertenece, y de dejar una huella en mi país natal y, al mismo tiempo, dejar un registro de Vivi y su búsqueda para la posteridad.

Datos de interés
Facebook de búsqueda de Vivi: Charlotta Adoption Page Haggren 
Instagram de la película: @vivi.documentary 

Afiche Vivi

Presentación de Vivi en Amnistía Internacional

Equipo de la película y Vivi

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